El pequeño pedazo de greda

Enunciado

El pequeño pedazo de greda.

Muy arriba, en lo más alto de una vieja torre, había un taller. Era un taller de alfarería, lleno de recipientes con esmaltes de colores, máquina giratoria de alfarero, hornos y, cómo no, greda. Cerca de la ventana se encontraba un baúl de madera enorme, con una tapa pesada. Allí se guardaba la greda. Al fondo, aplastado contra una esquina, estaba el pedazo de greda más antiguo de todos. Apenas lograba recordar la última vez que lo habían utilizado, mucho tiempo atrás. Cada día, alguien levantaba la tapa del baúl y en su interior se introducían diversas manos que, con toda rapidez, agarraban bolsas o bolas de greda. El pequeño pedazo de greda escuchaba los alegres sonidos de los artesanos, ocupados con su trabajo.

-¿Cuándo me tocará a mí?-, se preguntaba. A medida que pasaban los días en la oscuridad del baúl, el pequeño pedazo de greda iba perdiendo la esperanza.

Un día, un numeroso grupo de niños llegó al taller con su profesora. Muchas manos se metieron en el baúl. El pequeño pedazo de greda fue el último en ser elegido pero... ¡ya estaba fuera!

-¡Ha llegado mi oportunidad!-, pensó, cegado a causa de la luz.

Uno de los niños puso el pedazo de greda sobre la máquina giratoria del alfarero e hizo girar la rueda a toda velocidad. "¡Qué divertido!", pensó el pedazo de greda. El niño trató de estirar la greda hacia arriba mientras la máquina daba vueltas sin parar. El pequeño pedazo de greda sintió la emoción de adquirir una forma diferente. Tras varios intentos por producir un recipiente, el niño se dio por vencido. Amasó la greda y la presionó hasta convertirla en una bola totalmente redonda.

-Hora de hacer limpieza- anunció la profesora. La alfarería se inundó de los sonidos de los niños frotando, limpiando, lavando y secando. El agua goteaba por todas partes.

El niño soltó el pedazo de greda cerca de la ventana y salió corriendo para unirse a sus amigos. Pasado un tiempo, el taller quedó vacío y reinaron el silencio y la oscuridad. El pedazo de greda estaba aterrorizado. No solo añoraba la humedad del baúl; también sabía que estaba en peligro.

- Todo ha terminado-, reflexionó. -Me quedaré aquí y me secaré hasta quedar duro como una piedra-.

El pedazo de greda permanecía junto a la ventana abierta, incapaz de moverse, y notaba cómo la humedad se iba evaporando poco a poco. Los rayos del sol lo golpearon con fuerza y el viento de la noche lo secó, hasta que estuvo duro como una piedra. Se había endurecido tanto que apenas podía pensar; solo sabía que estaba desesperado.

Sin embargo, en lo más profundo de su ser quedaba una diminuta gota de humedad, y el pedazo de greda se negó a dejarla escapar.

-Lluvia-, pensó.

-Agua-, suspiró.

-Por favor-, logró por fin transmitir a través de su cuerpo reseco y triste.


Una nube que por allí pasaba sintió lástima del pedazo de greda, y entonces ocurrió algo maravilloso. Comenzó a llover, y unas enormes gotas de lluvia se colaron por la ventana abierta y cayeron sobre el pequeño pedazo de greda. Llovió durante toda la noche y cuando amaneció, el pedazo de greda se encontraba tan blando como en sus mejores tiempos.

El sonido de voces llegó hasta la alfarería.

-¡Oh no!-, exclamó una mujer. Se trataba de una artesana que solía utilizar el taller.

-Alguien ha dejado abierta la ventana durante todo el fin de semana. Habrá que limpiar todo esto. Si quieres, puedes trabajar con la greda mientras voy en busca de un trapo-, le dijo a su hija.

La niña vio el pedazo de greda que estaba junto a la ventana.

-Este es un pedazo perfecto, justo lo que necesito-, comentó.

De inmediato, comenzó a presionar la masa con las manos y a moldearla en formas atractivas. Para el pedazo de greda, los dedos de la niña eran como una bendición.

La niña pensaba mientras trabajaba y sus manos se movían con una idea determinada. El pequeño pedazo de greda sintió que iba tomando una forma hueca y redondeada. Unos cuantos movimientos y ya tenía un mango.

-¡Mamá mamá!-, llamó la niña. -¡He hecho una taza!

-Es preciosa -, dijo su madre-. Ponla en la repisa y después la metemos al horno. Luego podrás pintarla con el color que más te guste.

Al poco tiempo, la pequeña taza estaba en condiciones de ser trasladada a su nuevo hogar. Ahora vive en un estante de la cocina junto a otras tazas, platillos y tazones. Cada pieza es diferente y todas son bellas.

-¡A desayunar! -, llama la madre, mientras pone la taza nueva sobre la mesa y la llena de chocolate caliente.

Diana Engel. Extraído de la versión publicada por el Ministerio de Educación de España, 2009.

Según el texto, ¿cómo es el primer niño que jugó con el pedazo de greda?

A) Amigable, pero desordenado.

B) Inteligente, pero sucio.

C) Alegre, pero silencioso.

D) Ingenioso, pero distraído.